La primera oleada de avances en Ingeniería Genética estuvo limitada a los laboratorios de investigación y a las industrias de fermentación, que funcionan con circuitos cerrados, en los que el comportamiento de los organismos manipulados es relativamente fácil de vigilar, y para las que se emitieron una serie de regulaciones que han funcionado razonablemente bien (en la Unión Europea, la Directiva 90/219 sobre "Uso confinado de microorganismos modificados genéticamente"). Tras 20 años, no se ha producido ningún accidente ni se ha materializado ninguna amenaza a la seguridad de los trabajadores o del entorno.