Todas las personas, en todas las edades de la vida, necesitan un mínimo de autoestima bien entendida. La necesitan para confiar en las propias posibilidades y estar así siempre dispuestas a hacer nuevas y mejores cosas, para evitar posibles estados interiores de inseguridad e inferioridad. Pero hay que estar prevenidos frente a la falsa autoestima, que es egolatría, autocomplacencia, autosatisfacción y permisividad, especialmente cuando nuestros hijos se encuentran en plena adolescencia.
La necesidad de autoestima de cualquier persona aumenta considerablemente durante la adolescencia y su presencia en esta etapa incide directamente en la motivación personal y el rendimiento académico. Sin embargo, no debemos confundirla con la autocomplacencia, la egolatría y la autosatisfacción. La autoestima es un tema al que dedican demasiada atención un buen número de nuevas corrientes psicológicas llegando a fomentar cuotas de permisividad en los padres demasiado altas y a fortalecer demasiado el ego del niño.
La experiencia dice que la autoestima de los hijos o alumnos no se desarrolla por la vía de la tolerancia sin límites. Una autoestima positiva no debe buscarse directamente, no es un objetivo sino una consecuencia de una correcta educación de nuestros hijos en todos los ámbitos. La verdadera autoestima se logra formando el carácter, educando la voluntad y se alimenta de la satisfacción que produce el alcanzar una meta por uno mismo.