Texto de Felipe Núñez presentado en el Congreso sobre arte y estética en Cáceres.
Introducción
El arte es superfluo, inesencial, periférico: lo primero que se arroja por la borda si un exceso de equipaje nos pone en peligro de naufragio; lo primero que se esfuma ante una auténtica amenaza. Cierto que esa índole accesoria del arte muestra también su faz risueña: no sólo de bases ni de esencias vive el hombre, sino de toda (super)estructura que segrega su espíritu. Y así el arte es también desinterés, sublimidad, excelencia, último grado y perfección de lo humano. Puestos, no obstante, en lo peor --prudente recurso heurístico que la estadística y el refranero apoyan--, esto es, supuesto que predomine el carácter subalterno y secundario del arte sobre aquel otro sublime y excelente, aún así una filosofía suya (una estética) no se contamina de lo hueco de su objeto. No será, aunque parezca que a eso aboca, sombra de sombras. La filosofía, si lo es, luce este rasgo: que toca siempre el centro, por más que amenace con demorarse en la extrema periferia. Al menos, así quiero pensarlo. Para que no disuene una estética (u otra cualquiera filosofía de x) con esta larga promesa: nunca más rendirse a la seducción de las sombras, decir siempre no más lo que hay y lo que importa no perder ni perderse (bien que eso que hay, y eso que importaba no perder, otro contacto y cercanía exijan que su inane ?ser dicho?).