La desertificación, entendida como la pérdida de la capacidad productiva de la tierra, soporte de las distintas actividades humanas, genera impactos de graves consecuencias económicas, sociales y culturales.
Más de 250 millones de personas padecen directamente los efectos de la desertificación y la sequía, resultantes de la explotación despiadada de los recursos naturales: inadecuadas prácticas agrícolas, sobrepastoreo, tala indiscriminada de árboles.
Como consecuencia de la degradación de los suelos, la población marginada que vive en tierras secas es la que más sufre, ya que su pobreza se acentúa, su situación sanitaria se debilita y aumentan las emigraciones y los conflictos sociales.
Además, es un factor agravante de las crisis ambientales que se ciernen sobre la humanidad, como el recalentamiento del planeta y la pérdida de la biodiversidad.