Según la Organización Mundial de la Salud (OMS),
la mayoría de los 13 millones de defunciones que se producen anualmente a causa
de las enfermedades infecciosas podrían prevenirse mediante intervenciones sanitarias
de bajo costo. Intervenciones que, según la OMS, se hallan ampliamente disponibles
desde hace años y entre las que se destacan las distintas vacunas que permiten
evitar el contagio de enfermedades infecciosas.
"En toda la historia sólo se ha erradicado una enfermedad
infecciosa: la viruela, gracias a la vacunación masiva contra el agente infeccioso
que la causa -señala el más reciente informe de la OMS-.
Actualmente, dos enfermedades (la poliomielitis y la dracunculiosis) están
al borde de la erradicación, mientras que otros padecimientos son sometidos
a control de modo gradual o reducidos a un nivel gestionable dentro del sistema
de salud existente".
Con respecto al caso de la poliomielitis, agrega
el informe, "preocupa la insuficiencia de los fondos necesarios para efectuar
las campañas finales de vacunación en masa". Fondos que rápidamente podrían
ser recuperados de ser invertidos a tiempo: "Una vez erradicada la poliomielitis,
los ahorros en costos de vacunación en todo el mundo ascenderán a 1.500 millones
de dólares al año".
En todos los casos, la ecuación costo-beneficio
siempre se inclina hacia el lado de las vacunas, que además de evitar el deterioro
de la calidad de vida que implica toda enfermedad infecciosa, reduce notablemente
el costo sanitario.
Por ejemplo, la gripe que durante 1999 afectó a la Argentina se tradujo en una erogación de 222 millones
de pesos. Este costo pudo ser muchísimo menor mediante la vacunación
de la población en riesgo (mayores de 50 años).
La vacunación comienza temprano en la vida de una
persona. Antes de que el niño abandone el hospital o la maternidad, durante
la primera semana de vida, el bebé debe recibir la primera (de tres) dosis contra
la hepatitis B, y luego la BCG, contra la tuberculosis. Otras inmunizaciones
comienzan al terminar la sexta o la octava semana (difteria, tétanos y tos ferina,
hemophilus influenzae tipo b y poliomielitis), y más tarde, al primer año de
vida (sarampión, paperas y rubéola, y varicela). La mayoría de estas vacunas
requieren más de una dosis durante la infancia, y muchas deben ser reforzadas
incluso durante la vida adulta.
En cuanto a los adultos, las vacunas habituales
son: aquella que inmuniza contra el sarampión, parotiditis y rubéola; la antitetánica;
la que protege contra la hepatitis B; la antigripal y la antineumocóccica. Las
mujeres embarazadas, los médicos y otros profesionales de la salud, los ancianos
y las personas que viajan a destinos en los que hay una alta incidencia de una
enfermedad infecciosa contra la que no están inmunizadas constituyen grupos
de riesgo que se ven ampliamente beneficiados por la inmunización.
Millones de vidas
Gracias a las vacunas se ha podido erradicar definitivamente
la viruela y casi la polimielitis, y se ha salvado a millones de personas del
sarampión, la difteria, el tétano y otras enfermedades infecciosas. Sin embargo,
aún faltan buenas vacunas contra patologías tan importantes como la tuberculosis,
la malaria y el SIDA.