La mujer entró al consultorio con su hijo de 11 años. Era demasiado alto y corpulento para su edad, de cara alargada, con hombros caídos y escápulas -huesos situados en la parte superior de la espalda- sobresalientes. Su preocupación consistía en que cada vez tenía más dificultad para silbar. Este hecho anecdótico, que puede parecer risueño, orientó al médico hacia el diagnóstico: el niño sufría de distrofia muscular.