"Al cabo de poco tiempo de despedirnos del chupete, nuestro hijo recibió con los brazos abiertos el nuevo hábito de chuparse el dedo. Sabemos que hacerse la pipa le puede provocar posibles deformidades en la boca y en los dientes, pero también nos han dicho que se trata de un hábito muy reconfortante para él, y por eso queremos actuar con cuidado. ¿Qué podemos hacer para que nuestro hijo deje de chuparse el dedo?"
El efecto mágico y tranquilizador que ofrece el chupete a nuestro hijo, es conocido por todos. Cuando está molesto, enfadado porque espera la comida o desea alguna cosa, nuestras palabras de alivio y el chupete nos permiten terminar de preparar su biberón o papilla sin demasiados problemas.
El chupete se convierte en el sustituto del pecho materno o del biberón tibio y dulce que le permite relajarse, entretenerse, sentirse seguro o simplemente, conciliar el sueño. Puede que el niño, cuando deja el chupete intente suplir esa sensación placentera sustituyéndola por otro estímulo oral, su dedo pulgar.
La succión del pulgar es un hábito que durará tiempo. Se considera que la mitad de los niños aún hacen la pipa a los cinco años pero puede durar hasta los doce.
Pero chuparse el dedo puede provocar deformaciones en las encías, dientes y paladar, puede provocar un desplazamiento de los dientes incisivos hacia delante y favorecer la producción de dislalias (o incapacidad de pronunciar los sonidos de la /t/, /d/ y /l/).
Más allá de la interpretación psicológica de este hábito, que es variada y depende de las diferentes escuelas o tendencias, lo importante es encontrar alguna manera a través de la cual el niño consiga despegarse de ese hábito de una forma que no le resulte traumática y que sea efectiva.